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domingo, 22 de abril de 2012

Ciencias Morales de Martín Kohan: un hedor insoportable.

Domingo tres de la tarde, cappuccino en mano, pienso. Pienso en la novela de Martín Kohan como algo que huele mal, un objeto perfectamente limpio pero que cuyo olor es insoportable. Al texto le pululan varias moscas, no tantas, pero supongamos que cada una de ellas refugia una idea. Una premisa en cada uno de sus estómagos. La imagen es mala, pero me sirve para recortar, para matar moscas de las que no quiero hablar. Imagínenme con resaca y con un matamoscas en la mano. Estoy cantando «tanto pop nos hizo mal nena» de La gran serpiente cósmica y empiezo a los raquetazos. Sólo logro divisar dos (sé que hay más moscas, en mis brazos, en mis orejas, pero el alcohol en sangre funciona como un anteojeras para caballo). Mi primer smash fulminante es para la idea de pensar a Ciencias Morales a partir de la configuración de su personaje principal: María Teresa. Este personaje, una preceptora que viene a ocupar el primer eslabón de una larga y jerarquizada cadena destinada a preservar el orden y la rutina de todos los días, pareciera servir de ejemplo para sostener de un modo ingenuo la realidad de la obediencia debida: no sabe, sólo recibe órdenes y actúa por ellas. Marita parece ser un simple medio[1]: joven, inocente e ignorante, actúa como una inflexible creyente que cumple a rajatabla todos los mandatos y preceptos que su jefe de preceptores, el señor Biasutto, le ordena. «Oh nena, hoy no tengo ganas, no nena». Pienso en Julieta Zylberberg y en su soberbia actuación al frente de este papel[2]. Tomo un sorbo de cappuccino. No quiero escribir sobre cómo esta preceptora comienza su educación sentimental y sexual en los albores de un Colegio Nacional de Buenos Aires de 1982. No. Sigo con los raquetazos: mi segundo smash revienta la idea de pensar esta novela a partir de la microfísica del poder. El Colegio Nacional de Buenos Aires (¿recinto del saber o lugar en donde se tallan conductas?) funciona aquí como un espacio en dónde los engranajes opresivos del poder convierten al ámbito escolar en una fábrica de cuerpos homogéneos. El foco de la narración se centra en el detalle, en lo micro, en el comportamiento y en la vestimenta indiferenciada de los alumnos, potenciales subversivos que deben ser curados de raíz. Entonces, si una manera posible de entender el proyecto de escritura de Martín Kohan es suponer que su Ciencias Morales es la respuesta a la pregunta: ¿Cómo narrar el Horror? debemos suponer que esta novela instaura una narración del horror en lo cotidiano: una indagación acerca de cómo se filtra esa atmósfera opresiva en la experiencia particular de los sujetos. Sujetos que por lo general pertenecen a esa zona gris de lo mediocre, lo insulso y que precisamente por ello ponen en tela de juicio los alcances, implicancias y efectos de la obediencia debida.
No quiero escribir sobre eso, sobre cómo la ideología dominante contamina las políticas educativas y moldea los cuerpos de su ecosistema. No, basta leer el capítulo III. Disciplina: cuerpos dóciles (Pág. 82) de Vigilar y castigar (1975) de Michel Foucault y el texto Subversión en el ámbito educativo. (Conozcamos a nuestro enemigo) que promulgó el gobierno militar en octubre de 1977, para tener una idea bastante rica sobre el tema. «Nena, nena, nena, oh». El cappuccino ya está frío y ya no tengo moscas que matar. Ha quedado sólo el hedor, sólo la atmósfera viciada, nada de cuerpos contaminados; un hedor que no se ve, que es invisible pero que está, algo incorpóreo que no se puede agarrar pero sí sentir. Si hubo algo que supo materializar extraordinariamente Kohan en la escritura de su novela fue precisamente ese hedor, que no es otra cosa que la atmósfera propia del Terrorismo de Estado. A través de una forma construida a partir de silencios, elipsis, lagunas, envíos, fragmentos, citas, títulos de otros textos, etc. logró construir una atmósfera gris, oscura, propia de una época en la que si se habló, fue para no hablar[3]. El contenido y la forma pergeñaron para hilvanar un clima de encierro, una atmósfera de subordinación: (“la suspensión espesa de un aire turbio” –Pág. 169- ).
Acá, en mi escritorio, con mi cappuccino ya frío, con los cuerpos de las moscas ya muertas, con unos estómagos ya sin ideas, sin ruidos, incapaces de zumbar, dejo de cantar y pienso; pienso en mi lectura, en una lectura que sólo se ha quedado con ese hedor, ese aire alienante que recorre los pasillos del Colegio, también sus baños, sus aulas, sus personajes: “Una luz de día nublado flota siempre en los claustros del colegio; nada cambia que afuera brille el sol o no brille el sol.” (-Pág.18-); “Bajo los muros del colegio, densos como su historia, el silencio es total.” (-Pág.32-); “(…) ella presiente un aire siniestro al tratar de adivinar la existencia de los túneles secretos.” (-Pág.34-); “[el personal de limpieza] Son personas muy calladas, visten guardapolvos azules, sus nombres nadie los conoce y durante el horario de clases nunca se los ve.” (Pág.-91- ). 


[1] “Tampoco ella sabe con precisión qué es lo que está pasando, aunque se desenvuelva con la resolución de los que sí saben. Tampoco ella tiene las ideas claras.” Pág. 35.

[2] La mirada Invisible (2010) dirigida por Diego Lerman.

[3] Esta estética del decir de la ausencia la instaura Ricardo Piglia con su Respiración Artificial (1980): “ Como usted ha comprendido, dice ahora Tardewski, si hemos hablado tanto, si hemos hablado toda la noche, fue para no hablar, o sea, para no decir nada sobre él, sobre el profesor. Hemos hablado y hablado porque sobre él no hay nada que se pueda decir” (Pág. 215).

domingo, 12 de febrero de 2012

El juego de Karadagián



Toda madre siempre soñó tener
(un hijo con)
esos bigotes

Pablo Katchadjian es el orgulloso poseedor de un apellido tan curioso como su bigote. Pero también es escritor y, de a ratos, interventor literario. Si algo cae en sus manos hay una alta probabilidad de que alguna mutación ocurra, que el libro cambie de forma, que se achique, que se engorde, que sus palabras se ordenen alfabéticamente o sus oraciones pasen de ser últimas a primeras. Así fue, por ejemplo, que por obra y gracia de las manos de Karadagián (como cariñosamente le digo para no acalambrarme la lengua) vieron la luz del mundo el Martín Fierro ordenado alfabéticamente o El Aleph engordado. Este último provocó otra reacción, y así fue que por obra y gracia de la Kodama, las manos de sus abogados dieron vida a una denuncia penal contra el engordador de libros.



Pero también es escritor...


Qué hacer no es una más de las intervenciones de Katchadjian, aunque su nombre sea el mismo que el de un libro de Lenin. Qué hacer es una novela (¿lo es?) salida de la pura imaginación de su autor. Pero para comentar la novela, ya que a Karadagián le gustan los experimentos con palabras, pensemos en esta novela como el resultado de lo siguiente. Digamos que para escribir esta novela el autor tuvo que participar de un juego, y más precisamente, de un juego de cartas (naipes o barajas en el español de por allá). ¿Qué es lo más importante para jugar a las cartas? En principio, necesitamos, siempre, un mazo. La diferencia es que en este mazo literario, en vez de ochos de oro, cuatros de copa y reyes de espada, las barajas representan elementos básicos, algo así como ingredientes narrativos: alumnos de dos metros y medio de alto que engullen personas, universidades inglesas, clases sobre León Bloy, escobas de oro, viejas desnudas, trapo viejo (y olor a), islas que no se ven, coros de bebedores, barcos que son puentes (y a la vez universidades inglesas).
 "El alumno, descontento con la respuesta, se pone de pie (mide dos metros y medio de altura), se acerca a Alberto, lo agarra y empieza a metérselo en la boca. Pero aunque esto parece peligroso, no sólo los alumnos y yo nos reímos sino que Alberto, con medio cuerpo adentro de la boca del alumno, se ríe y dice: está bien, está bien."
 "Estamos en un barco y se ve, a lo lejos, una isla a la que Alberto quiere ir. Me dice: en esa isla está todo. De repente notamos que el barco, que a la vez es un puente, está lleno de gordos muertos; Alberto me dice: murieron, pero por un problema de obesidad. Le pregunto, un poco sorprendido, qué quiere decir con el «pero». Alberto, un poco molesto, me chista y me hace un gesto con la mano para callarme porque está muy concentrado mirando la isla y repitiendo «ahí está todo»."
 "Se oye, desde el techo roto, el canto de una vieja con muselina en la boca; de fondo, un coro de ochocientos bebedores que dice: la guerra es / todo lo que ves / este terror."
El autor (que en este caso es el jugador) toma el mazo, mezcla las barajas y como si fuera un tarotista va arrojando las cartas sobre la mesa. A medida que los ingredientes narrativos van apareciendo uno arriba del otro, uno al lado del otro, las escenas se van formando por yuxtaposición de los elementos que representan, y así, se van escribiendo los fragmentos hasta agotar las cartas. Con todo el mazo sobre la mesa, el capítulo se termina, se pone el punto final, se recogen las cartas, se mezcla, corta y vuelve a barajarse. Con cada nueva mano, un nuevo capítulo se escribe, pero cada vez la combinatoria de las cartas es diferente. El jugador repite el proceso hasta... bueno, hasta que se pudre, tira el mazo a la mierda y se va a mirar televisión. El resultado: un libro de fragmentos yuxtapuestos, de escenas que se repiten, que se modifican ligeramente, que desparecen y vuelven a presentarse muchas páginas después.

Preocuparse por las tapas
también es editar



Qué hacer


Pablo Katchadjian

Bajo la luna (2010)



martes, 31 de enero de 2012

Cecilia Palmeiro: Desbunde y felicidad

Reunidos en Asamblea General Ordinaria, nosotros, los integrantes responsables de la Asociación Amigos del Kraken (también conocida como La Orden del Kraken) declaramos de interés público y promovemos la publicación de la siguiente reseña en medios masivos de comunicación (léase Clarín, La Nación, Perfil o cualquier otro tipo de corporación pseudo-mafiosa dedicada a difundir falsedades diarias). El Kraken se reserva el derecho de obtener regalías por la publicación de esta nota, destinándose los fondos recaudados a lo que la Comisión Directiva de la Asociación así lo disponga y no contrayendo con el autor ninguna obligación monetaria, siendo el mismo libre de publicar su texto dónde así lo desee. 

A los 31 días del mes de enero del año 2012 (Año del Fin del Mundo) 

Asociación Amigos del Kraken.



Cecilia Palmeiro. Desbunde y felicidad: De la Cartonera a Perlongher

por Carlos Leonel Cherri


Cecilia Palmeiro
El libro de Cecilia Palmeiro, Desbunde y felicidad: De la Cartonera a Perlongher, fue escrito originalmente como tesis de doctorado en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Princeton, pero el itinerario que recorre y el trabajo de fuentes que realiza –especialmente con documentos y revistas de agrupaciones políticas LGTTTB– marca un recorrido que entrelaza lugares (Buenos Aires, San Pablo, Río de Janeiro, Londres), textos (panfletos políticos, literatura, crítica, ensayos, entrevistas) y temporalidades: desde finales de los 60’ hasta la primera década (00’) del nuevo milenio, donde el 2007 marca un corte/tope en el presente: un pasado reciente.

Si aceptamos que todo título es una forma de promesa, o marca el trazo de un devenir (el del desbunde y la felicidad) se puede pensar por algunos momentos que el camino en retrospectiva (de la Cartonera a Perlongher) que el título promete es una farsa. Y tal acusación se basa en términos estrictamente formales. Puesto que el libro se divide en tres capítulos que marcan un devenir opuesto (el del “curso histórico”): “Locas, milicos y fusiles: Néstor Perlongher y el Frente de Liberación Homosexual”, “El Brasil de la apertura: devenires minoritarios”, y el último y más largo “Buenos Aires era una fiesta”.

Sin embargo, la promesa es cumplida puesto que a lo largo del libro, en la introducción y en su conclusión especialmente, la autora exhibe las premisas de su dispositivo crítico, cuyo trasfondo teórico se basa en una lectura benjamineana que busca en lo ruinoso, en el pasado trunco, en el deseo irrealizado, cuyo eco contorna la emergencia y ruinosidad que retumba en el presente, y es este último el vínculo (el link, el salto virtual) hacia un pensamiento: las antiestéticas de lo trash, las subjetividades en fuga (diaspóricas y mutantes), lo queer. Se trata “de captar los impulsos insurgentes de la sociedad y proponer nuevos modos de experimentar la subjetividad, el cuerpo, el lenguaje y la tecnología” (p. 18). Es en ese yire (que marca una oscilación corporal y un vagabundeo teórico o viceversa) donde la autora capta el devenir retro: en el choque de fuerzas que produce un estado de la imaginación que es el presente (la Cartonera) se produce un punto de fuga a experiencias radicales que pueden tener el nombre de Perlongher o de lo queer. De modo que el primer postulado del dispositivo-Palmeiro radica en captar la emergencia/impulsos-insurgentes como forma de pensar la novedad radical de un tiempo (histórico) y la temporalidad (ahistórica, anacrónica) que gesticula (lo neobarroco como eco anticipado de la teoría queer, parafraseando una cita de Daniel Link que Palmeiro recuerda). 

Para pensar ese devenir-presente-reciente Palmeiro encuentra en Perlongher un recorrido práctico-teórico y material-histórico. Que no pasa por hablar del cuerpo (de su representación) sino de captar su puesta (un “poner el cuerpo” militante, erótica, estética, y antropológicamente) como modo de encontrar una experiencia-pensamiento que es también la tesis del primer capítulo: “toda su producción [la de Perlongher] puede ser pensada como una poética y una política del cuerpo desterritorializado por un deseo que puede ser ‘una pasión de abolición’ alzada contra toda institucionalización identitaria, jerarquizante y ordenadora, y como una ética de la sensualidad dionisíaca” (p. 19). De ese modo (luego de criticar las lecturas locales que priorizan lo poético y las brasileras que lo olvidan en pos de la producción antropológica) aborda los textos de Perlongher (poéticos, críticos y antropológicos) a través de una ética del cuerpo que condensa la política y la estética de una forma de vida: “La escritura aparecerá entonces como radicalización de una experiencia vital que es, fundamentalmente, una erótica y una política” (20). En ese rumeo de la experiencia-Perlongher que la lleva de Argentina a Brasil (ida y vuelta) Palmeiro deja ver otro claro postulado de su dispositivo crítico: toda historia es fundamentalmente la historia del cuerpo –porque es en él donde la inscripción encuentra su procedencia (Herkunft). 

Y con esa premisa articula el cuerpo-Perlongher: militante que piensa a la teoría como formulación verbal de la praxis (poner en la boca aquello que gesticula el cuerpo), marica-proletario que de la forma de vida construida (el puto de barrio, el barroco de trinchera) hace un dispositivo de lectura-escritura que emerge en sus textos antropológicos (O negocio do Miché, O que é a AIDS) y poéticos (una antiestética basada en el trasheo), y en sus pensamientos políticos que escogen a la mutación y al devenir-menor (contra cultural-genérico) como forma radical de subjetivación y disidencia micropolítica. 

La arqueología o archygrafía del cuerpo-experiencia-Perlongher (que es la experiencia neobarroca-queer de los 70-00) que realiza Palmeiro puede ser captada sólo en la remembranza (recordar, re-armar un cuerpo) de un pensamiento: la lectura de Deleuze, y de Guattari y Rolnik (Micropolítica. Cartografías del deseo); las discusiones políticas del FLH, el viaje a Brasil, las escrituras, la emergencia del Sida, la desidentificación. Y en ese gesto crítico podemos ver un tercer postulado: realizar una archygrafía-logía –pensar (lo) insurgente– implica someterse al, y captar el goce del texto en un proceso de asimilación, devenir y mutación estratégica: contagiarse, hacer alianza e inmixión con el (lo) diferente (de ese pensamiento)

Ya en Brasil (en el segundo capítulo) Palmeiro propone abordar el diálogo/influencia del pensamiento homo-feminista-antipatriarcal (rastreando el viaje de Perlongher) en las discusiones políticas de la época del desbunde: destape, pero también quilombo o despelote. Las propuestas y funciones de su lectura vuelven a repetirse: captar la emergencia, la informidad de lo nuevo. Así grafica las discusiones políticas del grupo SOMOS (surgido en 1978, nombre que homenajea a la revista del FLH) cartografiando una temporalidad: se trata de nuevo, pero ahora en Brasil, de la decantación de la política por lo político como sucedió en el presente (el “que se vayan todos”). El Movimiento Homosexual Brasileiro (MHB), especialmente la deixis colectiva del grupo SOMOS entra en diálogo no sólo con los principios y postulados de los movimientos antipatriarcales (para generalizar) de los 60-70 en Argentina, sino que es un antecedente más de las agrupaciones independientes, cooperativas, movimientos de desocupados en la Argentina de la crisis: es decir autonomistas, horizontales, micropolíticos, radicales en sus planteos minoritarios (en términos deleuzeanos). En uno de sus primeros documentos (A nossa proposta) el colectivo lo explica: “a mudança tem que se iniciar em nós próprios, na luta contra o nosso machismo e o nosso autoritarismo […] Nosso grupo não tem líderes nem pretende tê-los […] estamos tentando aliar política e prazer” (105). 

Las discusiones que recupera Palmeiro (y vale elogiar su trabajo de fuentes en Brasil) la llevan a captar nuevas voces: Leila Míccolis, João Silvério Trevizán, pero especialmente Glauco Mattoso, pues su libro Manual do podólatra amador fue epilogado por Néstor Perlongher a través de un texto titulado “O desejo do pé” (1986). 

En ese tejido de voces Palmeiro avanza con la lectura del Glauco buscando en los diferentes textos (en el desbunde genérico de su obra) la materialidad de una experiencia histórica (militante, literaria, teórica, publicitaria). Y encuentra en el sacanagem (joda, pero también joder en el sentido de perjudicar a otro) al nombre de autor y a la antropofagia mediante la estética de la coprofagia (que “entiende la herencia cultural como puro desperdicio”); pero también al erotismo a través de la erótica (molecular) del pie que hace del olor un epicentro del deseo (desplazando lo molar que puede asociarse a lo genital), debido a que –bien capta Perlongher– “los besos en los pies son AL PEDO” (127), y ahí, afirma Palmeiro, erótica y estética se conectan corporalmente (sexitextualidad es llamado este vínculo). 

Lo que encuentra la autora en estos recorridos de Argentina-Brasil son prácticas (acciones políticas-artísticas) y formas de vida que sacan a la literatura de sí. Formas de politización del arte que deparan en el lugar que tienen los documentos culturales a la hora de trabajar sobre la percepción afectando los procesos de singularización o subjetivación. En el caso de Perlongher se trata de una voz de puto de barrio que a través de un barroco de trinchera (neobarroco) hace de la escritura una máquina de guerra que trashea (hace lixo) el lujo (luxo) de los documentos del patrimonio cultural y su promesa de normalidad (clasificación, disciplinamiento) afianzada a la moderna “civilización” capitalista; y en el caso de Mattoso se parte de los vínculos con la literatura marginal brasilera de los 60’ (literatura de cordel, libritos baratos y artesanales, una mezcla de basura reciclada y literatura denominada lixoratura) para repensar las funcionalidades de las intervenciones de Mattoso que al incorporar fragmentos de lo real (realias) propone una “literatura” que hibrida géneros (periodismo, poesía, autobiografía, pornografía, discusiones políticas) y formatos (libro, volante, panfleto, correspondencia), estableciendo relaciones éxtimas que disuelven cualquier dialéctica entre un adentro y un afuera sacando de quicio la institución literaria. 

El último capítulo del libro es quizás el más rico y denso. No sólo por su extensión, sino por lo abarcativo y diverso del corpus literario que trabaja (Cesar Aira, Cecilia Pavón, Gabriela Bejerman, Fernanda Laguna, Pablo Pérez, Dani Umpi, Alejandro López y Whashington Cucurto) además del recorrido crítico-teórico que intenta terminar de pulir en este capítulo: una reflexión sobre el estatuto posautónomo de lo literario que lejos de tener que ver con lo liberal de la escritura se manifiesta a través de una politización del producto artístico (autor, editor, agente publicitario, narrador entran en un juego de pliegues y continuidades) en términos benjamineanos. 

Si el arte cambia las formas de lectura y vinculación con dichas territorialidades es porque ella (pronombre que incluye a la crítica) se encuentra en proceso de crisis. Y ese nuevo umbral que atravesamos es el que el libro quiere recorrer. Porque esas experiencias truncadas que vuelven como eco (por las primeras ediciones y compilaciones de la obra de Perlongher, por el catálogo de Eloisa Cartonera, por los viajes de artistas, etc.) se disparan mostrando nuevas relaciones atravesadas por la vida: textos, emprendimientos culturales, cooperativas, música-artes-plásticas-literatura-poesía-cine (todo junto: es literatura porque no fue canción o guión de cine), militancia, etc. Donde la técnica lejos de descubrir algo viene a potenciar y poner en mutación formas de singularización ya presentes. 

Por lo tanto el último capítulo desglosa una serie de tópicos que de maneras específicas hacen síntoma en cada experiencia estética (perceptivas) en crisis: el régimen de extimidad radicalizado por el yolleo, por la hibridez genérica (blogs, chats, diarios íntimo-públicos), por la espectacularidad (la imagen que nos mira) y cuyos efectos hacen foco en la realidadficción (o realias, o restos de real) generando ambivalencia e imposibilidad de asir en lo que se refiere al estatuto de verdad o contacto del arte; pero también la imbricación entre lo público y lo privado. La vida se contamina (como la de Fernanda Laguna o la de Cucurto) de este estado cultural de radical diferencia: ya nos es imposible delimitar figuras como autor, estilo, obra y texto. Todos los objetos siguen la lógica del pasaje o el efecto de continuidad traumática con los sujetos ensayando nuevas formas de inmixión con el mundo. 

No es casual que estos textos desde diferentes tonalidades –(neo)pop electrónico (disco) y folk (bailanta), neobarroso(borroso), post-humanismo biopolítico, pornografía-masoquismo– exploren la posibilidad de la comunidad queer, es decir políticas de amistad (de alianza y contagio) que potencian la singularidad de sus rarezas. Y esa exploración está puesta en realidadficción: se explora desde lo literarario pero también desde las técnicas (del yo): la galería de arte Belleza y Felicidad, las Cartoneras como el nuevo boom (trasheado) latinoamericano-mundial, la militancia, la micropolítica. 

El libro de Cecilia Palmiero es un nuevo agite para pensar el presente, y esa propuesta incluye todo aquello (que nos) reciente histórica y anacrónicamente. El dispositivo de lectura que monta es también una máquina de guerra que hereda de la enunciaciones colectivas la unión de lo queer con lo trash potenciando los alcances de estos conceptos. 

Revelarse contra la identidad en tanto captación del mercado (guettificación) que fetichiza la diferencia es su propuesta: lo queer nunca puede ser identitario (lo gay como nicho de mercado por ejemplo), por el contrario es la fuerza de la diferencia enviada hacia la exploración de la rareza. No es casual que el libro concluya hablando de Tu Rito que “no es ya una galería de arte ni una editorial”, sino “un espacio de ‘experiencias’ colectivas” donde no hay puertas, no hay nada a la venta, y salvo algunas noches, nadie atiende o recibe. Máquina de guerra y agite cultural –como Tu Rito y las experiencias que recorre– el texto quiere pensarse como arenga política deseosa de antítesis, o antídotos contra la mercantilización del arte, la privatización de los espacios públicos y la diferencia a través de la reinvención y mutación soberana de sí (p. 339-340). 

Santa Fe, 27 de Enero de 2012.

viernes, 17 de junio de 2011

Todos los Julios el Julio

I
Interminables exordios 

Cortázar es uno de esos escritores que todos pretendemos haber leído para no quedar mal. No al nivel de Joyce –del que se sabe que nunca nadie lo leyó, pero todos lo citan– sino de esos que por vergüenza no admitimos desconocer completamente. ¡Vamos gente, a sincerarse! que, en el fondo, somos todos un poco como Zelig.

Cuando digo todos, estoy hablando obviamente de unos pocos, esos pocos que somos nosotros: los que vamos por la vida chapeando nuestros libros de Bolaño, nuestras novelas de Pynchon, o el haber sido el primero dentro de la orden en descubrir a Robbe-Grillet, a George Perec, a Vila-Matas, a Alan Pauls, o a una interminable lista de personajes (el vértigo de las listas es tarea de Brunomilan, no pretendo robarle el privilegio).

No tengo empacho en decir que nunca leí Rayuela. Tampoco quiero decir que andaría por las calles con una remera que diga: “No leí Rayuela”. No es algo de lo que me enorgullesco, tampoco es algo que me quite el sueño, ni mucho menos algo que me niegue a hacer. Simplemente no lo hice... porque se dio así, porque quiero leer tantas cosas que mi deambular por los libros es caótico, irregular, azaroso. No sigo un programa de lectura: primero esto, después aquel, mañana eso. No puedo. El número de libros «por leer» es tantísimo más grande del que «estoy leyendo» (y mientras escribo, el número de libros por leer aumenta... también la deuda externa).

Por ejemplo, no sé hace cuántos años salió la película del “Nombre de la Rosa”, pero siempre me negué a verla antes de leer el libro. Al día de hoy no leí el libro –espera paciente en la repisa de los deseados–, ni tampoco vi la película.

En algún momento pensé en no leer nada nuevo, ni raro, ni poco conocido, ni marginal, ni..., o leer muy poco, e intentar primero abarcar los “imprescindibles” (y vaya uno a saber quién dice cuáles son: vox populi, la academia, los intelectuales de ayer, los de hoy, los diarios, Beatriz Sarlo... todos y ninguno). No tardé mucho tiempo en darme cuenta que era una completa estupidez. Creo que debe haber sido uno de los mayores momentos de lucidez de mi vida, ese día en que me decidí a leer todo... porque «leer todo» significa perseguir como un estúpido esa utopía. Sordamente. Sin hacerme problemas por lo que jamás voy a leer. Aprender a vivir con la imposibilidad... y freno acá, antes de hacer mal uso del psiconálisis para mi provecho.


II
Todos los Julios el Julio


En realidad no quería hablar de esto: de lo que no leí. Quiero hablar/escribir de lo que sí leí. Quería contarles que leí a Cortázar; no leí Rayuela, pero leí a Cortázar. Y ahora siento apenas –apenitas– un poco menos de vergüenza. No se entusiasmen, no voy a hablar de Cortázar en general (como parece prometer el título), tan sólo de uno, el Julio de Todos los fuegos el fuego. Sí, leí otras cosas: algo de Bestiario, alguna que otra fábula. Si hasta participé del desmenuzamiento de Casa Tomada. Pero esos son apenas flashes, sólo algunos glimpses (¡ay!, me puse anglófilo. Hola Said).

Quería contarles que hacía tiempo que no disfrutaba tanto un libro entero. Tal vez el último haya sido La crítica de las armas. Pero todos los fuegos es un libro de cuentos, y la lectura se vive de otra manera que con una novela. Probablemente leer un libro con cuentos sea algo más parecido a escuchar un disco (aunque algunos discos puedan asemejarse más a la estructura de una novela, como Tommy o The Wall. O cualquiera que se instale en lo que se conoce como ópera rock). Pero también hay libros y discos que tienen un espíritu más de "recopilación", de diferentes narraciones juntas en un mismo volúmen, pero no por eso parte de una misma historia. Los hay con un centro bien evidente, un leit-motiv; pero también los hay con un centro que está en todas partes, pero en ninguna. Leer Todos los fuegos es comparable –si quieren continuar la analogía– a escuchar «Bicicleta», un "rejunte de cosas", no tan evidentemente conectadas, pero en la que no falla ninguna. No hay una que digas: “bueno, pero si no tuviera esto, sería lo más de lo más”. Es lo más de lo más. Sin sacar nada. Sí, alguno gusta más que el otro, pero no quiere decir que el que gusta menos sea desechable, detestable, sino que el primero es superior, mejor que genial, un «excelente plus».

Por ejemplo, el primero –La autopista del sur– podría espantar a unos cuantos lectores, personas que arrojarían el libro a hogueras públicas al grito de "¡es re pesado, lento, no pasa nada, demasiado descriptivo, aburrido!", acompañando el grito con interminables alusiones a partes íntimas de la madre, hermana, tía, lora y demás allegados femeninos de Cortázar. Tal vez estos lectores no prestaron atención a lo que se narra. ¡Hello!, es un embotellamiento, señora. Lo que sucede, señora, es que el mismo cuento es un embotellamiento: es lento, aburre, impacienta, exaspera. En fin, te dan ganas de matar al intendente. Obviamente, con esto no alcanza. Claro, si fuera lento, aburrido, exasperante y ya, sería una porquería. La genialidad del cuento es llevar esta situación al extremo, exagerarla al punto de convertirla en absurda. Ya no estamos leyendo la narración de un embotellamiento en las afueras de París, lo que se presenta ante nosotros ahora es el surgimiento de una sociedad. Un grupo de sobrevivientes aprendiendo a vivir en una isla perdida. Una isla en la que no hay ningún Julián Weich que los llame a consejo al final de la semana, pero en la que tampoco hay osos polares, others, humos negros vengativos, o iraquíes torturadores. Vemos a Taunus convertirse en lider, al ingeniero del 404 tener un romance con Dauphine (amorío típico de todo grupo de gente perdido en una isla). Cada actor de la "Gran Sociedad" está representada: los ancianos, los niños, los jóvenes rebeldes, la mujer que los hombres se disputa, los comerciantes ("Porsche"). 

Y una vez que estamos convencidos de que todo eso es una realidad instalada para siempre, el embotellamiento se disuelve, los autos comienzan a moverse. Es el regreso de los sobrevivientes a la sociedad. Nunca sabremos si pudieron adaptarse o si jamás lograron la reinserción. Ya no importa. Todo aquello terminará por olvidarse.

Para no extender más esto que ya es demasiado extenso para la web, sepan que mi silencio en cuánto a los demás cuentos no significa que no tengo nada que decir de ellos. Espero que con esta frase se resuma lo que les hubiera dicho: «¡Léanlos, no los van a defraudar!».

domingo, 30 de enero de 2011

Ay Piglia, Piglia!


Come writers and critics who prophesize with your pens

And keep your eyes open, the chance won't come again

And don't speak too soon, the wheel's still in spin

And there's no telling who that it's naming


En 1965 sale a la luz un disco que quedará fijado en las estupefacientes mentes de la historia del rock. El disco, el quinto álbum de estudio de “The Beatles”, contiene en su interior una de las canciones más conocidas de la historia de la música.

Cierto conocido, suele decirme, que la canción Help, comienza con una intensidad, y “potencia” musical tan alta, que es casi imposible arruinar esa canción. La canción es tan genial desde sus primeros segundos que está designada a ser un éxito.

A mediados de 1830, tiene lugar el “alumbramiento” de la literatura Argentina. En esos años (1830-1840), tiene lugar “El matadero” de Esteban Echeverría. Suele decir David Viñas, que la literatura Argentina, tiene comienzo con una violación.

Entonces, de qué manera, una literatura nacional que nace con tanta fuerza, no va a estar designada a ser sencillamente Grande. He aquí la cuestión grandilocuente de la literatura nacional.

Podrán quejarse del libro fundacional de Echeverría, pero debemos tener en cuenta que no muchas literaturas tienen la fortuna de edificarse sobre un hecho de esa "violencia", debemos poner en la misma balanza que los comienzos literarios de varias naciones/imperios, comenzaron por soporíferas épicas, o designios y cantos del amor Cortés. Bien decía Borges, que toda gran Literatura debía comenzar con una épica, y ese fue el designio de las autoridades nacionales cuando propugnaron el “Martín Fierro” como ÉL libro nacional por antonomasia, la piedra fundadora, y la carta magna, allá cuando el país cumplía su primer centenario.

¿Pero cuál es la relación entre todas estas historias de introducción a la literatura cuando me ocupo de un libro publicado no hace más de 6 meses?

Creo que acá es donde se puede encontrar la falla de “Blanco Nocturno”, en esta ocasión Piglia nos traerá una novela policíaca. Es cierto que “Respiración artificial”, es por ontología una novela policíaca también, pero si simplemente nos quedamos en eso, sencillamente no sabemos lo que nos perdimos de esa excelente novela.

En “Blanco Nocturno”, Piglia nos llevará otra vez al pasado, a ese pasado ya tantas veces escrito, a ese pasado de Nativos, Gauchos, Indios, ese pasado que Borges intentó desmantelar al darle muerte a Martín Fierro. En ese viaje al pasado es donde la historia de Piglia fracasará. Si podemos decir que la primera parte (la parte de tinte historicista) de Respiración Artificial, nos aburrió, o simplemente no nos fascinó, podemos perdonarle esa historia y anclarlo en el más alto canon de la Literatura no solo Nacional, sino Internacional, con ese espectacular final que logra incluso arrancar lágrimas de los rostros de seres sensibles. Blanco Nocturno no tendrá ese doblez sensacional, y la historia transcurrirá de manera llana, sin mayores altibajos.

A diferencia de “Respiración Artificial”, no tendremos aquí esos deliciosos debates filosóficos o literarios sobre las diferencias entre Joyce y Kafka, las maravillosas relaciones con Wittgenstein, o la increíble historia de la nieta de Nietzsche.

Una vez escuché a alguien decir, que alguien había dicho, que Piglia dijo que la única diferencia entre una novela, y un libro de historia, se encontraba solamente en la cantidad de nota al pie de página. Dice Piglia que todo libro de historia que no tiene cinco notas al pie por página es una novela. Y es muy interesante abordar la “Novela” desde ese punto (creo que a Ricardo le gusta que pongamos en duda la pertenencia al género en sus novelas).

La novela tiene una cantidad bastante interesante de notas al pie, -notas de Ricardo Piglia como escritor, notas al pie de sus “personajes”, recortes de Diario de la época que ayudan a ubicar ciertos aspectos con mayor facilidad-. Así como en este caso no podemos decir porque su “novela” es por momentos tan Libro histórico, no podemos distinguir en “Prisión Perpetua”, o en “Respiración Artificial”, si son novelas o si por momentos son ensayos.

En otra de las grandes máximas oídas sobre Piglia, escuché decir que leyendo Respiración Artificial, alcanza para enseñar Literatura en la escuela primaria (y créanme que la expresión no es tan alocada). Así como podemos enseñar Literatura por leerlo, podemos incluso sacar un par de hipótesis para alguna tesis de final de carrera, porque Piglia tiene el honor de regalarnos cada 25 o 30 páginas ideas que pueden ser objetos de análisis más profundos (el pensamiento de Witgenstein, de qué manera leer Moby Dick, como entender mejor a Descartes, etc, etc,etc)

Y son estos elementos los que lo hacen catapultarse del resto de escritores argentinos, y ser lo que es. Es verdad que la novela comenzó a escribirse hace 10 años, quizás Piglia ya pueda escribir con el piloto automático puesto y ser de todas maneras uno de los libros más vendidos del 2010.

Lo que por momentos parece solo una combinación de palos para Piglia, es solo un ejercicio “comparativista” (las comillas resolverán todos los problemas teóricos), que tiene como única intención demostrar porque Blanco Nocturno no es, y me atrevo a decir, ni será LA obra de Piglia.

Es, volviendo a las metáforas musicales como querer, que algún disco de The Monkeys (quienes según versiones demasiado extraoficiales) no escribían sus propias canciones, lleguen a ser alguna vez lo que fueron y serán los Beatles.

El principal problema que traerá la lectura, es, a mi modo de ver, ese innecesario resurgir del pasado. Fue Eurípides, aquel resentido social y falso historiador quien trató de convencernos con esta fútil enunciación. Pero para que retomar ya entrando en la segunda del siglo XXI, historias que no aportarán nada más. Que grande fue Borges cuando quiso borrar todos estos elementos del pasado (ojo, hay que reconocer que Jorgito también metió en el sistema a Macedonio), pero la intención estuvo.

Sobre el final del libro de Piglia una de las dos mellizas explica que su madre solo leía novelas extranjeras, ante la expresión de asombro del sujeto que le cuestionaba la decisión ella exclama “Nunca leía novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce”. Y para mí radica en esa frase la principal crítica a la última novela de Piglia.

Son esas intervenciones las que parecen demostrar que el mismo Piglia está consciente de lo que está escribiendo, así como parecería autocriticarse su historia también juega en muchos momentos a emitir rigurosos juicios sobre la calidad de las novelas policiales como la que el escribe.

Ojo Piglia, la rueda aún sigue girando, y todavía no dijo quien será el elegido.

martes, 18 de enero de 2011

"Fragmentos de un discurso amoroso" (Roland Barthes, 1977)

¿Cuándo algo (un libro, cuadro, disco, película, etc) se transforma en un clásico? Pienso que cuando se transforma en materia ineludible sobre una(s) cuestión(es) especifica(s). Por ejemplo: ¿cómo hablar de las batallas silenciosas que se libran a cada momento en la naturaleza sin mencionar “El origen de las especies” o de la alienación del hombre moderno ante la gran maquinaria a la que esta sujeto sin citar alguna obra de Kafka o de la psicodelia y el consumo de estupefacientes de los sesenta sin nombrar “The Piper at the Gates of Dawn” de Pink Floyd? Entonces: ¿cómo hablar del amor y del discurso amoroso en el futuro sin mencionar aunque sea brevemente a Roland Barthes y este libro? Imposible. No por que RB lo haya dicho todo (ese “todo” es imposible de imaginar, pero si lo fuera, todo puede ser dicho nuevamente en originales y variadas maneras) sino porque la forma en como esta construido el texto sienta un referente, establece de alguna manera un landmark al que siempre de una forma u otra vamos a terminar recayendo.

Roland Barthes además de un gran teórico y escritor (su técnica del fragmento recién ahora ha comenzado a ser explotada -hipotétizo que le hubiera gustado twitter) fue sobre todo un excelente observador de los signos cotidianos que nos rodean. Una fotografía, un bife con papas o, como en este caso, el amor. Toda su vida fue una constante dedicación a analizar cada elemento al detalle, diseccionando con rigor de entomólogo cada figura para ver de que estaban hechas, buceando en las profundidades mitológicas que las significaban para entenderlas mejor.

En “Fragmentos de un discurso amoroso” RB va desde el análisis frío y distante a la propia experiencia. Recuperando discursos de la psicología, de la lingüística, de la filosofía (tanto occidental y oriental) y del arte (literatura sobre todo) que permitan comprender y darle forma a eso sentimientos que el enamorado cree únicos y personales pero que vistos a partir de este nuevo prisma se presentan indefectiblemente como universales. Aunque cada enamorado se cree especial y cree que su amor es único, nos dice RB, en el fondo todas las historias se tejen con la misma trama.

A pesar de ser un libro disfrutable, “Fragmentos…” no es uno de esos textos que permiten o incitan a ser leídos de una o pocas sentadas, de hecho es todo lo contrario: es imposible leerlo sin, como decía el propio RB en “El placer del texto”, levantar la cabeza del libro para rememorar o darle forma a aquello de lo que se habla. Es difícil salir indemne de él porque inevitablemente el libro trabaja con figuras que tienden a la identificación, al “esto a mi me paso”.

Por eso rescato su valentía al hacer un libro así. Blanqueémoslo: para un académico, y más aún para uno del renombre de él, hablar de “El amor” es básicamente un quemo. Lo dice él en su prólogo y lo decía yo cuando hablaba del libro de Alan Pauls: cómo hablar del amor sin caer en el patetismo, la cursilería o el cinismo? Es interesante sobre este aspecto notar el enroque conceptual que se ha producido: durante mucho tiempo (sin duda por la influencia cristiana de occidente) el sexo fue considerado tabú. Hoy en día el sexo, aunque sea en su variante más ligera, ha sido naturalizado: hace cuarenta años ver una teta en el cine era un acontecimiento (en el sentido de Badiou ponele), actualmente no sorprende que para vender un yogurt se ponga una mujer en bolas. En su lugar el discurso amoroso, antes recurrente, ha pasado a la clandestinidad, a la intimidad del amante. Sin duda como sostiene RB este es un discurso “hablado por miles de personas, pero al que nadie sostiene; está completamente abandonado por los lenguajes circundantes”.

A propósito y para entender más esto último:
En una conferencia en torno a la pregunta ¿Quién cree hoy?, Žižek comentó que se debe abandonar la idea de que vivimos en una época cínica en la que nadie cree nada, en comparación con la antigüedad, pues hoy se da más la recurrencia de la distancia retórica (esto Žižek lo toma como una argumentación deconstruccionista). Incluso el amor atraviesa también por esta distancia. Decir “te amo” tiene que ser mediado y distanciado —recurrir a una cita poética, por ejemplo— para que diga lo que nosotros no decimos por miedo a que signifique demasiado. La pregunta subsecuente de Žižek es ¿por qué el miedo a decirlo?1
Eso es, básicamente, lo que responde Roland Barthes en este libro.

Tal vez lo único que le reprocharía a Barthes es haber hecho un libro excesivamente melancólico. Estar enamorado por sobre todas las cosas es acceder un nivel de felicidad que nos saca del estatismo, de la monotonía de la que estábamos insertos. Un amigo acertadamente me dijo una vez que el mejor remedio para evitar el desgano y la falta de interés que ciertas tareas generan (ir a la facultad, el trabajo, etc) es encontrar una mujer de la cual enamorarse. Supe exactamente que quería decir: estar enamorado (en el más laxo e informal sentido de la palabra, es decir sin importar, no ya la respuesta positiva del amado, sino si el otro sabe siquiera de nuestra existencia) te da una razón para despertar cada mañana, para realizar tareas que en el fondo no querías hacer, para tratar de dejar de ser el despojo de persona al que estabas acostumbrado. El amor (o el deseo) como un motor para sobrellevar dignamente esta rutinaria y mediocre existencia2. El amor como generador de sentido.

Tal vez Barthes no era lo suficientemente loser para captar eso.




1: www.uv.mx/sociogenesis/n2/articulos/Fernandez_amor_zizek.pdf
2:“Lo único que nos empuja hasta al final, a pesar de la gran catástrofe que nos invade, es el amor” dijo mi filosofo lacaniano esloveno favorito.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Madre hay una sola

Sin premeditarlo, sin querer queriendo, este texto que escribo hoy sobre esta novela edípica, confesional, autobiográfica, transgresora empieza así, hablando de una fecha tan cercana (falta menos de una semana). Son éstos los momentos que más me hacen creer en la existencia de las Moiras, aquellas tres hermanas que tejían los destinos de los hombres en la Grecia antigua. Creo que, en términos generales, soy tan panteísta como escéptico. 
Hoy, 21 de octubre de 2002, Día de la Madre, para festejarlo con rigor, para festejarlo como hace años debí haberlo festejado, para festejarlo como nunca me atreví a festejarlo, para terminar con esta relación ni abominable ni demoníaca sino estúpida, agobiante y estúpida que nos une desde siempre, para que nunca más haya para vos ni para mí otro Día de la Madre, para todo esto, hoy, voy a matarte, mamá.
Si este comienzo no te (los) conmueve... ¡no tenés (tienen) sangre! Es demoledor, es impactante, es conmovedor, es movilizante, es chocante, es seductor, es... simplemente genial.
Apenas una tarde alcanza para contar una vida, esa parece ser la revelación de La crítica de las armas. ¡Anoten, jóvenes escritores! apenas una tarde alcanza para contar una vida. Pero ¡ojo!... como recurso no desconocido, la brevedad temporal y la longitud novelar inversamente proporcionales son difíciles de lograr. No cualquiera sabe usar el recurso de manera productiva. Usarlo por usarlo decanta en pedantería, en alarde... y lo que es peor: en mamarracho. Tantos hay dando vuelta haciéndose los loquitos... ¡señores, aprendan de los buenos! No es gratuito en esta novela el lento paso del tiempo, el largo camino a la muerte, la dilación de aquello que más temprano que tarde llega a todos. La tensión generada por este primer párrafo mantendrá su fuerza durante todo el libro. Estaremos siempre con el corazón en la boca, esperando, y allá va una nueva anécdota, un nuevo sufrimiento, una nueva historia de ese perdedor que es Pablo Epstein (que es José Pablo Feinmann).

La novela, que es de esas que me gusta llamar novela vómito debe tener un pH de -2 (si no saben qué significa, hagan click en el link), como reconoce José Pablo en una entrevista, en ésta "está mi sentido del humor jodido, corrosivo".  No es tampoco inocente llamarla vómito, más allá del pH, cuando se trata de una suerte de autobioparodia, una grotesca puesta en escena de un sí mismo, de lo peor (de lo más odiado) de sí mismo. ¿No es el vómito ese síntoma de enfermedad, de malestar estomacal, esa sensación de largar todo lo que nos está haciendo mal, todo eso que guardamos adentro? ¿No experimentamos cierta sensación de alivio cuando lanzamos?.

¿Qué es lo que (José) Pablo vomita en esta novela? Vomita sus odios personales, su madre, su hermano, el  insoportable judaísmo de su hermano, su infelicidad. Y es que, si bien la relación madre-hijo siempre  es conflictiva, siempre es difícil, siempre tan jodidamente presta a ser psicoanalizada, Alicia, "la madre" en La crítica de las armas es un escollo para la felicidad, es la principal culpable de la miserable vida de Pablo. Es el mal encarnado en una (para nada) tierna viejecita.
...¿me quería decir algo doctor?
Sí, Epstein. Digame, ¿a qué hora piensa irse?
A las ocho y cuarto.
Bien, yo voy a estar todavía. ¿Podría verlo en mi escritorio?
Cómo no.
El doctor se va y Alicia se inclina hacia mí, cómplice. "Tené cuidado, hijito", dice. "Seguro que quiere aumentarte la cuota. Ni que fuera judío éste." "Mamá, papá también era judío" "Y bien amarrete que era".
La felicidad, si es que existe, está más cerca de la muerte que de la vida. La muerte es la única solución para la vida de mierda. Es la única forma de liberarse de lo malo. Lo malo debe morir. Pero la muerte no juzga moralmente, la muerte es democrática, es fatalmente democrática. Aunque a veces se toma su tiempo.
Mirá imbécil, miserable cobarde, enterate: mi hermano no fumaba, no fumó un cigarrillo en su puta vida y reventó de un cáncer de pulmón. ¿Te das cuenta? Toda la desgracia y ninguna dicha. Como reventar de cirrosis sin haber sido un memorable borracho, como morir de sida sin haber cogido. Pero la vida es así. Se termina. Hagamos lo que hagamos, tenis, caminatas, sauna, dieta sana, abstenciones ilimitadas, controles en las prepagas, siempre, al final, reventamos como perros. Para la parca todos somos subversivos, el principio persecutorio de la Parca es más insaciable que el de Massera, Campos y Videla juntos, nadie se escapa, nadie se salva, todos culpables. Menos mi mamá, que es eterna.
 Sin embargo, no podemos dejar de querer a esa vieja maldita, es que ella es tan conmovedoramente sincera que hasta causa, por momentos, un extraño (y peligroso) amor. Alicia, cuando habla, es lo más. Permítanme mostrárselo:
Habías prometido recitarme una poesía, dice.
Qué memoria, mamá. Te felicito.
Me acuerdo de todo.
¿En qué año cayó Yrigoyen?
En 1930. Era un mujeriego.
¿Y Perón?
En 1955. Otro mujeriego. Se murió la Eva y se dedicó a perseguir mocosas. Recitame la poesía.
Primero las pastillas, viejita.
Fijate bien que te dieron. Aquí, si me descuido, me envenenan.
Esta nota comenzó siendo algo y llegó a ser nada, disculpen, me parece que está a punto de morir... dejémosla hacerlo en paz.

lunes, 4 de octubre de 2010

Épica de un caballero errante



Advertencia previa: El texto que sigue, y que lleva el título arriba consignado, fue escrito por JP, nuestro querido redactor krakaniano que aun sufre las inclemencias de los servicios de internet. Sólo soy un intermediario entre lo que mi compañero hace y ustedes, amigos lectores. Espero que la desidia de los señores Personal, Fibertel, Gigared, Compumundohipermegared no impida ad eternum el acceso de un krakaniano a la web. Todo lo que sigue, de puño y letra de JP:

Sólo Bukowski podía llegar a escribir la epopeya de un héroe bajo, un héroe corriente, nada de venirnos con Rodrigo Díaz de Vivar, Aquiles o Eneas, acá tenemos un detective de poca monta que se transforma en el transcurso de unos pocos días en “el mejor detective de Los Ángeles”.

La historia es buena ya desde la contratapa, tan buena que me llevó a leer mi primera novela larga digital, 122 páginas en pdf que leí en una sola tarde, en dos sentadas. La historia es sencilla y fantástica.

La historia va así: un detective cualquiera que recibe un par de tareítas, y no me vengan con los trabajos de Hércules,

- Primer encargo, averiguar si Celine, (si, aquel francés “agnóstico” y “antisemita”  (sic) de “viaje al fin de la noche”), continúa con vida con 99 años recorriendo librerías de la gran manzana en busca de ediciones de lujo de Faulkner.
- Segundo encargo, averiguar si una esposa le mete los cuernos a su marido.
- Tercer encargo, sacarle una mujer de encima a un hombre, porque la mujer lo agobia, en este caso hay algo para destacar: la mujer es marciana.
-Cuarto encargo, buscar algo que no se sabe si existe, “el gorrión rojo”.

El héroe de la novela llevará a cabo, a veces en etapas, a veces en conjunto, estos cuatro trabajos que le llegaron de manera simultánea a su oficina de detective privado de tercer orden. Al igual que en otros libros de Bukowski que leí (“la máquina de follar”, o algunos poemas de “no me mires las tetas”), las mujeres que aparecen son una más perra que la otra, y perra en el doble sentido, perras sexuales y perras despiadadas. Repetirá algunos escenarios y lugares visitados en su obra (las carreras de caballos, las casas mortuorias), repetirá también algunos elementos, como la presencia molesta de las moscas, la cerveza caliente, las botellas de whisky, y el que será de él luego de muerto, (quedáte tranquilo viejo Buk, “no omnis moria”).  Enfrentará a rivales cada uno más grande que el anterior “gorilas, o simios gigantescos”, venciendo a las mayoría de ellos, y en un alto porcentaje con patadas en las bolas, ya que siempre que debe utilizar su Luger calibre 32 se atascará o no la tendrá a mano.

Si digo que es una novela heroica no es por decirlo, la historia será un largo camino a recorrer con distintos problemas que se le presentarán (¿les suena la palabra periplo?), tendrá más enemigos que enemigos (preferentemente empleados de bares y matones de mala monta), se verá envuelto en una gran contienda (un esbozo de invasión extraterrestre), dejará de lado placeres terrenales, específicamente carnales, e incluso entablará amistades con la mismísima muerte.

La novela está dedicada a “la mala escritura”, pero eso es lo que tiene este Bukowski, aún queriendo escribir algo dedicado a la mala escritura, sale de esa posición y se instala en un borde discursivo completamente envidiable, porque te puede hablar de un tipo violando una nenita, una maquina folladora digna de amar, o una frustrada visita a un psiquiatra, pero tiene todo un aparato literario atrás que hace literatura de cosas banales y mundanas, y si no me creen lean esto:
“Al final es todo tan monótono. Follar, follar, follar. Bueno, la gente se engancha a algo. Después de que les cortan el cordón umbilical se enganchan a otras cosas. A la visión, el sonido, el sexo, el dinero, los espejismos, las madres, la masturbación, el asesinato y a las resacas de los lunes por la mañana.”
En fin, una muy buena y sencilla novela, es como este análisis de la misma (mas por lo de sencillo que por lo de bueno), sencillamente, una novela digna de ser leída.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Todos los caminos conducen a Irlanda

Dizziness. Imán Maleki, pintor iraní.
Imaginemos por un momento que las novelas son mapas… claro, mapas: esos grandes planos –más o menos de papel; más o menos plastificados; más o menos digitalizados– que se pretenden (al igual que el realismo) una fiel representación del mundo.

Un punto en la superficie marca el lugar exacto dónde se levantan metrópolis, ciudades, pueblos, puebluchos y caseríos, mientras que grandes espacios en blanco ilustran la vastedad que existe entre todos los puntos. A veces los mapas también tienen líneas (rutas) que marcan la vinculación entre los puntos y así nos sugieren un recorrido, nos indican el camino (los caminos) a seguir. Cada quien puede elegir tomarlos… o evitarlos. Muchas veces, incluso, las sendas están diferenciadas: anchas autopistas que nos conducen rápido al lugar de destino; rutas que prometen un fácil acceso, pero susceptibles de verse congestionadas por cantidades inimaginables de súbditos del G.H. (Gran Hugo); u olvidados caminos rurales, rotos, desparejos, llenos de piedra que amenazan al parabrisas en cada maniobra… pero que al final de la travesía dejarán como recompensa el grandioso recuerdo de la aventura. (N. del R.: sabrán nuestros inteligentes lectores establecer la apropiada comparación entre los tipos de caminos y las formas de lectura)

Ahora imaginemos que tomamos el mapa entre nuestras manos, y comenzamos a mirarlo (leerlo), a escrutarlo, a estudiarlo. Sin embargo, aún sentimos que algo nos hace falta. Pronto lo sabemos, lo que nos falta, lo que no alcanzamos a ver todavía es un elemento fundamental del viaje... indispensable: un destino. Así estamos, pensando, cuando un paisano, un hombre del pueblo se acerca amablemente y nos dice:

– Disculpe, buen hombre, lo noto un poco perdido, ¿podría ayudarlo en algo?
– Por favor, señor... estoy buscando un destino, ¿sabría usted indicarme el camino?

El hombre nos mira, observa el mapa y sin dudar un instante nos señala un punto en el plano.

– Pues hombre, vaya a Irlanda.

Como quién ha cumplido con una tarea largo tiempo postergada, el hombre del pueblo desaparece rápidamente sin dejarnos tiempo siquiera para darle las gracias. Vueltos a nuestra soledad notamos que un pequeño papel a caído a nuestros pies. Es una tarjeta de presentación con sólo dos incripciones garabateadas a mano: J. J. –y abajo– escritor.

De una manera casi igual de enigmática, Samuel Riba, editor jubilado, alcohólico retirado, hikikomori en potencia: el protagonista de la novela de Vila-Matas, es llamado a esa pequeña nación repleta de poetas y católicos violentos que es Irlanda. Suerte de Quijote pos-moderno, su cerebro se le fríe en las horas y horas que pasa frente al monitor de su computadora, haciendo búsquedas inútiles en google (generosa empresa capitalista que soporta este sitio) o  dedica tardes enteras a trollear en blogs desconocidos.
"Quiénes usan google habitualmente pierden la capacidad de realizar lecturas literarias a fondo." 
"Perdónalos, señor, porque no saben lo que dicen".

Continúo. Riba, al igual que Quijano, decide salir a recorrer el mundo (o La Mancha, o Irlanda), sin un destino claro, sin mapas en las manos. Son ambos (hago esta comparación y veo mesnadas cervantinas asomando el horizonte, dispuestas a cortarme la cabeza y clavarla en un pica a la vista de todo el pueblo) dos "locos lindos e inofensivos" que se lanzan a la aventura sin reparo, dos viajeros conscientes de que sus pasos están siendo inscriptos en el mapa. Dos viejos caballeros que se animan a jugar, de pronto convertidos en niños que dicen –nos dicen– "y entonces, digamos que yo era... y que vos eras... y que..."
"Si todo el mundo comprendiera que de repente todo puede ser nuevo a nuestro alrededor, no necesitaríamos ni siquiera perder el tiempo pensando en la muerte."
Allá va Riba a celebrar el funeral de la literatura, allá donde algunos dicen que todo empezó, allá donde las nieblas cubren los acantilados la mayor parte del día, allá donde en las ramas de los árboles cuelgan palabras en vez de frutos, allá donde todo debiera alguna vez llegar a su fin.
"Nunca nadie pudo aportar pruebas de que los difuntos no puedan vernos."
Si eso es cierto, a vos van estas palabras.

lunes, 23 de agosto de 2010

“Historias del Movimiento Anárquico Organizado de Agitación Surrealista” (Fernando Bomsembiante y otros autores, 2005)

Se puede decir que el surrealismo es un tipo de proto-ciencia ficción? Y viceversa? No, no se puede? Bueno…

"Historias del Movimiento Anárquico Organizado de Agitación Surrealista" además de ser, probablemente, uno de los mejores títulos de la historia de la literatura es un proyecto ambicioso, delirante e “interesante” llevado a cabo por un colectivo de escritores locales sin mucho renombre pero con una larga carrera por los márgenes de la literatura argentina (esos de mucho taller literario y concursitos y pocas menciones en Ñ’s).

Acertadamente el poeta (?) de Manchester Noel Gallagher dijo una vez que la palabra interesante es timorata, propia de algo que está bien... pero no del todo, algo jugado, formalmente valorable pero cuyos resultados son relativos, dudosos, lo que está a mitad de camino entre lo bueno y lo malo (“Bjork es interesante” decía el mancuniano). Lo mismo ocurre con este libro (y por eso lo tildé de esa manera). Como sucedía con “Fantasma” de Palahniuk, “Historias…” es un decente (muy bueno en el caso del norteamericano) libro de cuentos pero una irregular y fallida novela (la suma de la partes es claramente mejor que el todo). Parecería como que el título condenará al libro de antemano, porque si bien lo anárquico y surrealista es palpable, el intento de cohesionarlo, de darle un marco, de “organizarlo” termina por limitarlo. Esa decisión intermedia (ni tan anárquico ni tan organizado) es lamentablemente el sino del libro.

Disfrutable durante varios lapsos (la historia del conurbano sumergido, los atentados del MAOAS, los hombres que se suben a los techos) el final es lo que más problemas presenta –y no porque no se entienda, en ese momento uno debe adoptar la táctica de Christian Sheperd y “dejarse llevar”–, el problema es que todo tipo de coherencia se pierde, el libro entra en zonas pantanosas, y ahí es cuando el colectivo autoral pareciera activar el, olvidado por gran parte de la historia, modo surrealista y, como sucedió en Lost, pareciera querer cerrar metafísica y metafóricamente una historia que a esta altura se escapó de sus manos.

Igualmente me parece valorable que un libro craneado al margen de la editoriales de moda y escrito por ilustres desconocidos se embarque en la difícil tarea de pensar que otra literatura argentina es posible, una donde hay viajes espacio-temporales, poetas linyeras que planean la salvación/destrucción de la humanidad y un poco de humor desquiciado.

martes, 17 de agosto de 2010

"Varamo" (César Aira, 2002)

Edición francesa de Varamo (Editions Christian Burgois)
Varamo –un 'fiel' trabajador del Ministerio, de origen chino y taxidermista autodidacta– recibe como parte de su salario dos billetes falsos. Es este el primer eslabón de una cadena de acontecimientos que lo llevarán a escribir el texto más revelador de la poesía centroamericana: "El canto del niño virgen".

El escenario: Una Panamá recién canalizada, que le otorga a la historia el terreno ideal, con la suficiente mixtura de exotismo y civilización.

César Aira (afirmo lo que sigue habiendo leido sólo dos de sus novelas: Varamo y Las Conversaciones) no escribe ficción, escribe sobre 'la ficción' (si es que hay algo así como un ente al que le quepa este nombre), o mejor: escribe con 'la ficción'. Digo esto y veo que se acerca una horda iracunda, armada de picas, antorchas y manuales de Teoría Literaria bajo el brazo. ¡Momento señores, que es sólo una idea!... On ne tue point les idées, que dijo Sarmiento a través de Fourtol (a través de Volney, que dijo Groussac). 

En Varamo, lo que importa no es el resultado de la 'obra literaria', jamás veremos impreso el célebre poema –y tanto mejor que así sea–; lo que es realmente importante es la travesía hacia ese punto, viaje que es pagado con dos billetes falsos y cuyo último destino es desconocido e inesperado para su realizador (no para nosotros que conocemos el final de la historia). Imaginemos por un momento que Varamo –el empleado del Ministerio– existe, así como nosotros (creemos) que existimos. Ahora dejémonos convencer por aquellos que representan el tiempo como una línea recta que se extiende –más allá de nuestra vista– hacia el pasado y hacia el futuro. (Siento que me posesiona el alma del Doc Brown, mientras explico esto) Los billetes falsos son la irrupción de un elemento inesperado en la realidad prosaica, grisácea, propia de los suizos –como me gusta decir. A partir de allí Varamo recorrerá un camino paralelo, una realidad subalterna que lo lleva a escribir la celebrada obra maestra de la poesía  moderna centroamericana. Será ese mismo acto, también, el que ponga fin a la historia paralela y encauce su vida nuevamente en la línea que había recorrido –y hubo de recorrer– toda su vida.

Salgamos ahora de este complicado ámbito de las teorías temporales. Decía más arriba que Aira no escribe ficción, sino que ficcionaliza la ficción misma, la pone en juego, la somete a juicio de sus personajes (como ocurre en Las Conversaciones) o se las hace actuar, como a Varamo. Por momentos esta búsqueda de recursividad, de meta-literatura (novela que teoriza sobre las novelas) hace pesada la historia. Largos párrafos que esperamos terminen pronto en nuestra inútil búsqueda de lectura fluida. Allí, sin embargo, está al alcance de la mano una de las llaves para abrir la historia.

Para terminar, voy a hacer una confesión... todo lo anterior es una ficción, estuve actuando haber leido la novela, y haber escrito sobre ella.

See you in another life brothe'!

viernes, 13 de agosto de 2010

"El Pasado" (Alan Pauls, 2003)

1) El escritor amateur que vive en mí odia a Alan Pauls. Así como la lectura de un escritor simple, ameno y que sabe contar buenas historias con poco elementos como Sam Shepard lo alientan a uno a escribir, a volcar sus humildes y ambiciosas ideas en un Word y recordarle que esto de escribir tampoco es una ciencia, tipos como Alan Pauls frustran y generan un respeto atroz, porque marcan la verdadera distancia entre el diletante y el, ya a esta altura, profesional. Porque así como yo no puedo poner en palabras, volcar en la hoja esas ideas que me atosigan, que van y que vienen durante todo el día, a Alan Pauls las cosas parecieran salirle de manera fácil y fluida, como si narrar cualquier cosa fuera lo más natural del mundo. Pero no, no odio a Alan Pauls, escribe demasiado bien como para odiarlo (en todo si quieren odiarlo háganlo por su vida personal, cosa que al staff del Kraken tiene sin cuidado), y ok, no es Borges ni es Faulker, pero en esas subordinadas que parecen no querer terminar más o en esas descripciones geniales de los elementos más banales que a uno se le pueden ocurrir es donde uno puede vislumbrar un talento innegable, tal vez el mejor escritor argentino contemporáneo (permítanme ser hiperbólico).

2) Es difícil escribir sobre el amor. Por varias razones. Todo el mundo se siente con el derecho a hacerlo: tanto el desdichado al que el destino le da la espalda, como aquel que vive el más profundo de los romances cree necesario dar cuenta de tal sentimiento, muchas veces sin intuir que la posibilidad de representar fielmente ese estado es imposible, porque el sentido se difiere siempre, se escapa a medida que uno se acerca y lo que queda finalmente es literatura horrible, autocelebratoria (de las alegrías o de las miserias). Otra razón de peso es “cómo hablar del amor luego de las series de Cris Morena, luego de las campañas publicitarias de San Valentín, cómo expresar un sentimiento que ha sido secuestrado por publicistas[1], es decir, ¿como no caer en el patetismo, la cursilería o el cinismo? Bueno, Alan Pauls lo logra de alguna manera a lo largo de más de 600 páginas. [aquí debería ir un frase de muestra, pero el libro ya no esta en mis manos]

3) Después del final de Lost pareciera que la gente incorporó la noción de “la circularidad de la trama” y “El pasado” tiene mucho de esto, aunque no exactamente. El recorrido de Rímini tiene mucho más de entrópico que de circular, porque desde ese inicio casi edénico con Sofía (el primer amor del protagonista) hacia ese final hay un downwrad spiral progresivo pero desmesurado, gracioso pero también tristísimo que lo llevan a un lugar que definitivamente no es el de partida. “Lo que no te mata, te fortalece” decía Nietzsche, pero ese desangramiento final parece decirnos lo contrario.

4) Ojo! No todo es rosas, porque así como uno celebra la capacidad de narrar cualquier cosa de Pauls (los rituales masturbatorios del protagonista, el arduo proceso de traducción, la vida y obra de un excéntrico pintor, los dos cms de camisón que se asoman tras el vestido de una profesora de primaria), uno también se pregunta: Por qué? A qué viene esto? Hacia dónde va? Dejándole a uno la impresión de que la novela podría haber terminado doscientas páginas antes o mil después y que el inicio y el fin son completamente contingentes o arbitrarias.

5) Al final y lo que importa en todo caso es lo vivido, ese hermoso y misterioso recorrido que Pauls nos regala.


[1] http://los-sentimientitos.blogspot.com/search/label/Magnetic%20Fields